Se Alza el Telón
Malkah Rabell
Adorables enemigas, con Carmen Montejo y Magda López
Dos productores, Morris Gilbert y Juan Canedo, provistos ambos de numerosas ideas que parecían brillantes, unieron sus pensamientos y sus esfuerzos y alquilaron un teatro confortable para todo público, el Insurgentes; luego pensaron en los actores que podrían atraer a ese auditorio, y llegaron a la conclusión de que juntar a dos actrices célebres, como Carmen Montejo y Magda López, que nunca han actuado juntas, sería una atracción fabulosa. Y hasta pensaron en un brillante director de escena, lo que actualmente a la mayoría de los productores ya no se les ocurre, convencidos de que cualquier jovencito egresado recientemente de la escuela de actuación, puede hacer lo mismo. En fin de cuenta no son los directores quienes atraen al público. Pero los señores Gilbert y Canedo fueron más inteligentes, y llamaron a un director tan conocido como Xavier Rojas. Y pensando que llenaron el florero de todas las plantas necesarias para obtener un brillante y atractivo ramo teatral, alzaron el telón.
Sin embargo algo faltó, de algo se olvidaron esos productores llenos de buena voluntad. Simplemente no entró en sus proyectos lo más indispensable para el éxito: la obra, el texto. Lo que el recién fallecido Rafael Solana llamaba "la carne del guisado". Consiga un texto, de estos tan raros en los días actuales, cuando en lugar de sentimientos se busca ruido, y en lugar de acción se cubre la escena de máquinas y de objetos; encuentre esa pieza maravillosa que llene el alma y el cerebro del espectador, y tendrá Ud. el 90% del éxito asegurado. Pero ésto es lo más difícil en nuestra época de robots y de técnicas industriales, que van cada vez más desplazando las ideas humanistas.
Y tratando de reemplazar el texto de una obra auténtica, por algo que ya tuvo éxito, fueron en busca de James Kirkenwood, quien ya en el pasado dio para la escena ese vacío escrito para la danza y el canto, llamado si no mal recuerdo: A chorus line, que tanto entusiasmo causó a las multitudes heterogéneas de Estados Unidos y de México. Pero en el presente caso el dramaturgo no pudo cubrir la desnudez del escenario con canciones y bailes, como lo hizo en el otro engendro. Y de la falta de texto no lo pudo salvar nadie, ni las grandes actrices, ni tampoco un excelente metteur en scene
Las dos famosas stars estaban en el escenario y parecían buscar los parlamentos, como si estuvieran improvisando. La obra daba la impresión de detenerse a cada nueva frase, en tanto el reparto vanamente buscaba el mecanismo para ponerla en marcha. En vano el director sacó de la manga a un bailarín de streepe tease, ya que las desnudeces masculinas están de moda. En vano Lupita Sandoval, como la sirvientida de origen mexicano gritaba en inglés los más estúpidos chistes. En vano Carlos Ignacio que interpretaba a un joven productor de teatro de Nueva York, de repente despertaba el entusiasmo del público con una incomprensible serie de maniobras escénicas. Todo en vano. Nadie lograba despertar el alma de una obra, que carecía de alma. Y en esa vaciedad artística, dos actrices acostumbradas a los triunfos merecidos, parecían buscar algo inconmensurable. Magda López que conservaba mucho del temperamento juvenil, que aún bailaba con gracia, parecía recordar de repente que debe ser una viejita, y empezaba a crear otro personaje, el de una anciana doblada por los años. Carmen Montejo que no conservaba la ligereza corporal de su compañera porque nunca ha bailado ni hizo ejercicios corporales como Magda, parecía más pesada de cuerpo, pero más ligera de mente. Empero entre ambas no lograban dar vida, ni acción, a ese engendro que ni era comedia ni drama ni tal vez nada. Y sin embargo el público reía y hasta aplaudía con entusiasmo. Pero nuestro público es tan adorable como las dos protagonistas, y suele aplaudir y entusiasmarse no se sabe muy bien por qué. Tal vez simplemente imitan el entusiasmo porque consideran que su papel, una vez sentados en la sala y después de haber pagado las entradas, es el de batir palmas. Si no, tal vez Dios o el dueño del teatro los van a castigar.
¡Qué lastima que para semejante vaciedad se gastan fortunas, que probablemente no se recuperan!