FICHA TÉCNICA



Referencia Bruno Bert, "Al fin se acabaron los festejos", en Tiempo Libre, 23 diciembre 2010, p. 23.




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Referencia ElectrÓnica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Al fin se acabaron los festejos

Bruno Bert

Los contrarios se complementan. Así, las obras montadas por los festejos del centenario de la Revolución y el bicentenario de la Independencia son al mismo tiempo el punto más llamativo y también uno de los más débiles de los trabajos teatrales del año. Llamativos porque los hay de todo tipo y laya y débiles porque, salvo pocas excepciones, se trata de productos que parecen más bien "de circunstancia", sin contundencia, y aparentemente sin verdadero interés ni por parte de quienes los hicieron, ni tampoco por el público que asistió apáticamente a verlos.

Es claro que el teatro hace parte indisoluble de la realidad y que ésta, durante 2010, ha sido una colección interminable y aterradora de muertos, desempleados, crisis, corrupciones e inoperancia política en los estamentos del poder. De allí que resulte natural un cierto desapego por parte de los artistas. Un cierto escepticismo irónico frente a los discursos oficiales y las celebraciones patrióticas, que indefectiblemente hablan de triunfos ilusorios frente a los más palpables e inocultables fracasos. Pero también llama la atención el que vivamos una etapa en la que tanto motivo de rechazo y disgusto no sea capaz de volverse un discurso de recuperación, de esperanza por una reconstrucción del tipo que sea, pero con la capacidad de encender en las nuevas generaciones algo más que la repugnancia hacia un espacio y una historia que en definitiva nos pertenece y a la que nos debemos. Creo que lo más alarmante es justamente eso: la prevalencia de la fragmentación, el desencanto y una fuerte dificultad en creer que el "nosotros" tiene aún un cierto valor. Que "el otro" es alguien que puede ser nuestro aliado y no sólo nuestro potencial depredador o víctima. Y esto en arte (teatral) lo que está produciendo es un panorama tal vez abundante pero mucho más pobre de lo que el talento y los recursos de nuestros artistas nos haría suponer.

Pienso que esta situación debe atacarse desde distintos frentes: un cambio en las escuelas teatrales oficiales en el país, brindando una formación más sólida y actualizada, pero también con la capacidad de incidir en el panorama laboral, tanto local como nacional e incluso internacional. La creación de una verdadera política cultural coherente y la sustentación de la misma mediante los apoyos y estímulos necesarios. La revisión de las estructuras tradicionales que nos rigen en muchas instancias y su renovación a partir de las nuevas tendencias y necesidades artísticas, la eliminación de las fragmentaciones sexenales en los programas a largo plazo, la estimulación verdadera de grupos artísticos y de producción independientes... Pero es también cierto que otro de los elementos indispensables es el freno a la inercia histórica que vuelve repetidamente dependientes a los creadores frente a las instancias gubernamentales, en lugar de establecerse como generadoras de nuevas exigencias a partir de la creación efectiva y evidente de nuevas realidades formativas, éticas y estéticas.

Es decir, que el cambio debe estar en todos y no necesariamente sólo en la gastada repetición sobre las inocultables limitaciones del Estado y los políticos. Debemos cambiar artistas, críticos y público, estrechando la posibilidad de un diálogo mucho más intenso, coherente y sustancioso que el que hemos mantenido hasta el presente, muchas veces plagado de apatía y desconfianza. Naturalmente hacen falta tanto imaginación como recursos, pero nuestro teatro –y el teatro del mundo, como es lógico– han visto estos renacimientos en muchas oportunidades, y en algunos casos justo cuando el apocalipsis parecía la única realidad imperante. Más que nunca está en nosotros la opción de dejar hacer o modificar a fondo aquello que nos rechaza. Los festejos han terminado.