FICHA TÉCNICA



Título obra El trueno dorado

Autoría Ramón del Valle Inclán

Dirección José Antonio Hormigón

Grupos y Compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, "El trueno dorado. Una puesta que cojea", en Tiempo Libre, 2 diciembre 2010, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia ElectrÓnica

Tiempo Libre

Columna Teatro

El trueno dorado
Una puesta que cojea

Bruno Bert

La Compañía Nacional de Teatro en pleno ha trabajado en el montaje de la adaptación de una novela de don Ramón del Valle-Inclán –El trueno dorado– bajo la dirección de Juan Antonio Hormigón, un importante investigador español, director además de la Asociación de Directores de España. Un material que hacía parte del ciclo novelistico El ruedo ibérico, que retrata la vida en la península durante el reinado de Isabel II, a mediados del siglo XIX.

Valle-Inclán, creador del esperpento, tiende al retrato satírico, al humor ácido, si no directamente negro en muchas oportunidades, y a trabajar en sus obras una multiplicidad de personajes que van tejiendo sus vidas formando un fresco abigarrado como los cuadros de Brueghel, por ejemplo, donde la cultura popular es la que impera y da el tono de la obra en su conjunto. Un enorme escritor con una insigne producción no sólo novelística sino también teatral. Sin embargo si trasladamos su literatura (en este caso transformada en teatro por el propio Hormigón, que tiene en su haber un profundo y pormenorizado estudio de Valle-Inclán) –nos enfrentamos desde este tiempo y continente– con dos problemas básicos. El primero tiene que ver con nuestro superficial conocimiento de la historia española, aquí vista con una lente, deformante muchas veces pero lente al fin, que exalta cada detalle de los muchos que se nos escapan sobre un fondo que también nos es bastante desconocido. Por el otro, el habla popular de la España de 1860 o 70 es muy intrincado para nuestro hoy y, que el director, siendo también el adaptador, ha tratado con buen juicio el hacernos accesible las palabras, la velocidad de la dicción y lo complejo de las frases –sobre todo en los narradores– nos deja muchas veces más con ideas que con una clara comprensión de lo que se dice. Digamos entonces que puede haber virtudes que fácilmente se transforman en pecados, y la erudición, en este caso, se presenta como un ejemplo.

La puesta –de más de cuatro horas de duración– está dividida en dos actos: en el primero nos asomamos a la corte y al entorno de Isabel II y en el segundo, en cambio, se van alternando escenas populares de las barriadas más pobres, con otras que tienen que ver con los personajes que hemos conocido primero. Las historias son claras, no hay deficiencias en la lectura anecdótica. Lo que tal vez nos empantana es la ignorancia de los juegos políticos y su justificación histórica a pesar de los narradores, que están puestos justo para ello pero que no alcanzan –y no es crítica a su labor escénica que es excelente– a darnos un panorama de verdad apresable de ese complicado juego al que el autor le dedicó cientos de páginas de su ciclo narrativo. Pero además hay una visible diferencia de atención entre un acto y otro, no tanto de los actores, mucho más homogéneos, sino desde el planteo escenográfico y de dirección. El primero es compacto, cuidado en cada aspecto, con una escenografía monumental bien adaptada a las necesidades de las distintas escenas y transmite la sensación de estar absolutamente abarcado por la dirección. El segundo, en cambio, es más pobre, más precario en su concepto, menos sostenido espacialmente y también con visibles huecos en la narración y el manejo de los personajes. Ese desequilibrio lastima el producto, que es de un gran aliento y está avalado por una indudable solvencia. Tal vez faltó tiempo para los tramos finales y se dio un cansancio creativo y tal vez económico... no sé, pero se advierte.

Una labor de esta importancia y extensión necesitaría mayor espacio del que dispongo. Al menos para hablar un poco de la deslumbrante escenografía de Carmiña Valencia Tamayo, del importante vestuario de Tomás Adrián...y del propio Hormigón claro, artífice de la propuesta. Los actores son prácticamente todos los de la Compañía y algunos invitados, y si hubiera espacio sería para elogiarlos en su compromiso y calidad. En fin, un producto importante que se quedó un tanto cojo.

EL TRUENO DORADO, de Ramón del Valle-Inclán. Dir. José Antonio Hormigón. Con la Compañía Nacional de Teatro. Teatro Julio Castillo, Centro Cultural del Bosque, Paseo de la Reforma y Campo Marte (Metro Auditorio), 5280-8346. Viernes y sábado, 19:00; domingo, 18:00 horas. Loc. $150. Sistema Ticketmaster, 5325-9000. Adolescentes y adultos. (Centro)