FICHA TÉCNICA



Título obra Todos eran mis hijos

Autoría Arthur Miller

Dirección Francisco Franco

Elenco Diana Bracho, Fernando Luján, Silvia Navarro, Osvaldo Benavides, Miguel Pizarro

Escenografía Gloria Carrasco

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Productores Ortiz de Pinedo

Referencia Bruno Bert, "Todos eran mis hijos. Juego de teatro", en Tiempo Libre, 25 febrero 2010, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia ElectrÓnica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Todos eran mis hijos
Juego de teatro

Bruno Bert

Hacía mucho tiempo que no veía una obra de Arthur Miller en escena. Sobre todo, una de aquellas pertenecientes a su primera época, que le dieron tanto prestigio no sólo en Estados Unidos sino también en el mundo. Todos eran mis hijos reúne esas características, porque se trata de un texto de fines de los cuarenta, justo cuando el realismo psicológico estadounidense se impone con fuerza, heredero de autores tan prestigiosos como Eugene O'Neill. Ahora podemos verlo en la sala del Helénico, con producción de Ortiz de Pinedo y la dirección de Francisco Franco.

La puesta es clásica, quiero decir, respetando los parámetros vigentes al momento de su estreno, con un plantel solvente encabezado por Diana Bracho y Fernando Luján, lo que nos permite acercarnos al material con una clara garantía de seriedad en un teatro de características comerciales pero cuidadosas, poco dado a peligrosas innovaciones formales.

De esta manera, el valor del texto se hace presente en sus virtudes (fortaleza de estructuras, habilidad en la descripción de caracteres, una postura ideológicamente combativa, facilidad para el trazado verosímil de la anécdota, etcétera) y también en sus debilidades. Sobre todo un claro envejecimiento del contexto social y ético, una atadura muy pronunciada al valor de los actores manejados según ya antiguos parámetros y una dependencia, hoy superada, del factor anecdótico/lineal. Es decir, que conviene, cómo en tantos casos similares, tener muy en cuenta la edad del texto y verlo con el necesario distanciamiento histórico, sin querer leerlo como un producto de nuestra inmediatez, anclado a valores estrictamente contemporáneos. Eso nos permite gozar de un fresco crítico de la clase media y media alta de la provincia estadounidense en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando ese país emerge como potencia dominante no sólo en lo económico y político, sino también en la imposición de sus valores y contradicciones de raíz liberal y puritana. Desde esa perspectiva es donde mejor podemos gozar del montaje, pues de lo contrario hay que hacer una serie de puentes mentales frente a acciones y valores que hoy resultarían incongruentes, o ignorar todo eso y dejarnos llevar por la simpleza de una estructura que se acercaría al melodrama un tanto forzado y lacrimógeno. Afortunadamente, Miller es un gran escritor, pero es bueno recordar que todos somos hijos de nuestro tiempo.

La mano del director se halla sobre todo en la unificación, en el ritmo y en la importancia otorgada al texto en sus intenciones originales. No se hace visible una propia aportación, ni el más mínimo intento de aggiornamento en el discurso. En esto le secunda –con cierta timidez– Gloria Carrasco en el manejo escenográfico, más destinado a contener que a decir algo por sí mismo que complemente al autor y director.

Pero son los actores el factor esencial. Y aquí, cada uno de ellos se maneja con solvencia profesional, aunque también acallando casi cualquier comentario sobre el personaje recibido: básicamente es una representación, siempre medida, siempre entregada al director como factor de unificación. Las ideas están acunadas por las sensaciones emocionales, pero están limitadas para una gentil y eficaz colocación en la atención del público. El público responde agradecido a ese juego educado de teatro con un cálido aplauso y una masiva (o casi) asistencia en cada representación.

Al parecer, el espacio del Helénico, a partir del éxito de 12 hombres en pugna, parece haber encontrado la deseada fórmula de un teatro prestigiado con una sala llena y por una larga temporada, con un público mixto y complacido con la oferta. No es poco en tiempos como los actuales.

TODOS ERAN MIS HIJOS, de Arthur Miller. Dir. Francisco Franco. Con Diana Bracho, Fernando Luján, Silvia Navarro, Osvaldo Benavides y Miguel Pizarro. Teatro del Centro Cultural Helénico, Revolución 1500, Guadalupe Inn (MB Altavista), 4155-0900. Viernes, 19:00 y 21:15; sábado, 18:00 y 20:30; domin¬go, 17:30 y 19:45 horas. Locs. $450. Sistema Ticketmaster, 5325-9000. Adolescentes y adultos. Acomodador de coches. (Sur)